LAS ALGAS EN LA AGRICULTURA

Desde hace siglos los habitantes de las costas recogían las grandes algas pardas que arrastra la marea y las utilizaban para incorporar a sus cultivos y mejorar así sus cosechas.

Al principio del siglo XX creció una pequeña industria alrededor de la recogida, secado y triturado de las algas que perdió fuerza con la llegada de los fertilizantes químicos de síntesis.

Hoy en día, en la búsqueda de abonos no contaminantes, más sanos y sostenibles, las algas desecadas vuelven a ser valoradas por su gran aporte de minerales y oligoelementos, nitrógeno orgánico, y hormonas vegetales (auxinas, citoquinas...), que las convierten en un abono orgánico de calidad superior al estiércol, ya  que están libres de restos de tóxicos y medicaciones que hayan podido recibir los animales que lo generan. Además tienen una adecuada liberación de estos nutrientes a medida que son descompuestas por los microorganismos del suelo.

Las algas forman parte de los abonos orgánicos que aunque son de absorción más lenta que los sintéticos favorecen la vida bacteriana que enriquece la tierra y la mantiene viva. Al no contener semillas  no generan el crecimiento de malas hierbas y además tienen una gran capacidad de retener humedad.

EL COCHAYUYO COMO FERTILIZANTE

La Durvillaea antárctica o cochayuyo es una macroalga parda (puede llegar a alcanzar más de 15 metros) muy rica en nutrientes, entre los que destacan el nitrógeno, el fósforo y el azufre (2,16g, 2,61g y 7,32g por 100g de alga respectivamente) tan importantes para el crecimiento de las plantas. Alrededor del 40% de esta alga es algina o ácido algínico, polisacárido que entre sus propiedades tiene la capacidad de absorber y retener de diez a veinte veces su propio peso en agua. Por estas razones el cochayuyo es un alga muy útil para utilizar como fertilizante o abono natural para nuestras plantas.

CONSEJOS DE UTILIZACIÓN PARA JARDINERIA DOMÉSTICA

El cochayuyo deshidratado y troceado se puede aplicar directamente mezclado con la tierra donde se van a poner las plantas, o esparciéndolo alrededor de las ya enraizadas y enterrándolo superficialmente.

Para que su rendimiento sea mayor y los resultados sean más rápidos es recomendable triturar el alga, por ejemplo con un molinillo de café, y verter en el agujero de plantación para que esté en contacto con las raíces, regándolo después de tirar la tierra encima con la seguridad de que la humedad y los nutrientes se van a liberar de forma lenta y durante más tiempo, vivificando la tierra y las plantas.

Las cantidades a aplicar estarán en función del criterio de cada uno teniendo en cuenta  el estado de la tierra de la que partimos. Como orientación, para una maceta normal (30 centímetros de diámetro), utilizar de 10 a 20 g del alga triturada (una o dos cucharadas soperas). La frecuencia de utilización puede ser cada dos o tres  meses, incrementándola si lo vemos necesario en los periodos de más actividad de las plantas. La ventaja del alga como fertilizante es que no hay el riesgo de que queme las plantas como puede ocurrir con los fertilizantes químicos.